"Tercer libro de las odas" PABLO NERUDA
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"Tercer libro de las odas" PABLO NERUDA

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Los libros del dr Sámano
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TERCER LIBRO DE LAS ODAS
Por Pablo Neruda
Editorial Losada, S.A.
Buenos Aires, 1957
205 páginas
Ejemplar en buenas condiciones, encuadernación rústica con algunos detalles debido al paso del tiempo. Interior en buen estado.

Pablo Neruda, seudónimo y posterior nombre legal​ de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (1904-1973), fue un poeta y político chileno. Las uvas y el viento, que comienza a escribir en 1952 y no se publicará sino en 1954, es una continuación de la línea de El Canto General, y según el propio Neruda, el libro suyo que la crítica llegó a considerar el más político. Pero enseguida vendrá un cambio radical de rumbo en su poesía con la aparición de sus tres libros de odas, que componen un mismo cuerpo lírico. Odas elementales apareció en julio de 1954; Nuevas odas elementales en enero de 1956; y Tercer libro de las odas en diciembre de 1957, todos publicados por la Editorial Losada de Buenos Aires. El mismo año de 1952 en que aparece Las uvas y el viento, publicará de manera anónima la edición privada de Los versos del capitán, donde regresa a la poesía amatoria, y que con el tiempo se convertirá también en libro de cabecera de los enamorados. Y aquel es también el año en que comienza a escribir las Odas elementales, con lo que advertimos que está al mismo tiempo preocupado por las luchas sociales, por el amor, y por las cosas sencillas; con las cosas sencillas seguirá en los años siguientes en sus otros dos libros de odas, y con el amor en sus Cien sonetos de amor que comenzará a escribir en 1957, el mismo año en que aparece su Tercer libro de odas. Nunca podrá, por tanto, encasillarse a sí mismo bajo ningún dictado político de estética. Es su poesía lo que al final importa, su factura y su eficacia lírica, la forma en que es capaz de resolver por medio de la palabra sus disputas interiores, abrir a la contemplación del lector sus cielos de gloria y sus infiernos tenebrosos, sus formas de perdurar en un verso que alguien recordará de memoria muchos años después en el futuro, sea un verso de amor, un verso de imprecación contra la injusticia, o el que canta la perfecta redondez de una naranja. Al examinar en conjunto los tres libros de odas, escritos en un período de cinco años, de ninguna manera debemos ver las Nuevas odas elementales y el Tercer libro de odas como secundarios, o complementarios a Odas elementales, o simplemente escritos con materiales sobrantes. Se trata de dos libros parejos en calidad al primero, parte de un universo que sigue siendo explorado porque no logró agotarse en el primer intento, y que presenta poemas excepcionales, en algunos casos superiores a los del libro inicial. En Nuevas odas elementales está, por ejemplo, la Oda a la tipografía, tan celebrada como para haber merecido una edición aparte, publicada en 1956 por la Editorial Nascimento de Santiago. Neruda, en esta imaginería lírica y popular, es capaz de transmitir el asombro frente a lo que desdeñamos por cotidiano, porque nos es de sobra conocido, una hogaza de pan, una cuchara, un par de calcetines, una pastilla de jabón, la farmacia de la esquina con sus olores de hierbas y pócimas que evocan siempre nuestra infancia perdida, la nostalgia por la casa abandonada que queda atrás, sumida en la oscuridad y el silencio. Otras de las odas, más que naturalezas muertas, congeladas en su esplendor, parecen más bien tomas cinematográficas en las que las palabras hacen el papel de la cámara que registra con minuciosidad los movimientos, como por ejemplo «Oda a la lavandera nocturna», y «Oda al niño de la liebre», de Nuevas odas elementales; y «Oda a la calle San Diego», y «Oda a un camión colorado cargado de toneles», del Tercer libro de odas. Las manos y brazos de la lavandera que resplandecen entre la espuma a la pobre luz de la vela; las vitrinas de la calle San Diego, una de ellas que exhibe terribles aparatos ortopédicos, ese café pequeño de la esquina con la calle Alameda que parece un autobús cargado de viajeros, y el viejo librero de la librería Araya como tallado en piedra; y en fin, la visión fugaz del camión colorado en un camino cerca de Melipilla, que surge como un toro de entre la niebla del otoño, con su carga de barriles.